Amemos la Biblia, la Palabra de Dios

CONSECUENCIAS DE AMAR LA BIBLIA

 “¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación” (Sal. 119:97).

En esta estrofa del Salmo (vv. 97-104) no hay peticiones, solo reflexiones. Dios llama nuestra atención a considerar la Biblia como elemento de meditación, donde se expande la visión y la luz de ella da intensidad al propósito de la vida.
La Palabra no es solo medio de instrucción, sino objeto de amor (v. 97a). Se ama por experiencia personal con ella, es consuelo (v. 82), es medio de orientación, es también motivo de gozo (v. 47). Sobre todo, es elemento fundamental en la defensa contra satanás (Ef. 6:17). La Biblia se ama en la misma medida en que se ama al Señor. El amor va acompañado de respeto porque es la ley de Dios. De Él procede, Él la inspiró y la dio para ser obedecida. Una notable progresión: amar, reconocer y meditar. Es una práctica habitual, ya que debe hacerse todo el día (v. 97), es decir, no pasa un día sin que haya un tiempo de meditación en la Palabra. La mente llena de la Escritura no tiene espacio para otros pensamientos que inquieten.
La Biblia da sabiduría en relación con tres clases de personas​:​
- Sobre los enemigos (v. 98). Es fácil caer en las trampas que nos tienden, pero la Palabra dice que “a sus ángeles mandará cerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra” (Sal. 91:11-12). Ella abre para nosotros el camino del buen sentido y de la sabiduría (v. 66). ¿No queremos ser presa de los enemigos? Busquemos la sabiduría en la Escritura. El secreto es tener la Biblia siempre a mano (v. 98b)
- Nos da sabiduría en relación con los maestros (v. 99). No podemos rechazarlos porque son un don del Espíritu (Ef. 4:11), pero la Palabra hace sabio a quien sigue sus enseñanzas, meditándolas y reflexionando sobre ella. 
- También actúa en relación con los mayores (v. 100). Estos son sabios por experiencia en la vida. Pero ninguna sabiduría puede superar a la Escritura. La progresión es clara: los enemigos son sabios en sutilezas; los maestros lo son en conocimientos; los mayores en experiencia. Frente a todo esto está el poder transformador y conductor de la Biblia. La relación con ella produce una provisión de vida agradable delante de Dios (v. 101). El que la ama es afecto en su forma de ser, porque “se retira del mal camino para guardar su Palabra”. El creyente aparta su vida de cuanto sea contrario a ella. 
¿Queremos tener el agrado de Dios? Vivamos conforme a su Palabra. Por eso alcanzaremos una vida de fidelidad, al no apartarnos de lo establecido en ella (v. 102). El creyente que ama y obedece la Palabra le es comida esencial para su vida (v. 103). Así decía Job: “Del mandamiento de sus labios nunca me separé; guardé las palabras de su boca más que mi comida” (Job. 23:12). Cuando la fuerza espiritual se debilita, cuando la fe flaquea, cuando la tristeza invade el alma, debemos preguntarnos de qué palabras nos estamos alimentando.
Debo entender bien todo esto. Los libros hacen científicos, pero sólo la Biblia hace sabios. El único camino bendecido está en amar la Palabra. Necesito acudir a ella hoy, mañana y siempre, por eso doblo mis rodillas y pido a Dios: “Abre mis ojos y miraré las maravillas de tu ley”. 
Autor: Pastor Samuel Pérez Millos

Impulsividad o Discipulado

Impulsividad o Discipulado

(Judas 20)

La mayoría de nosotros desarrolla el cristianismo siguiendo las pautas de nuestra naturaleza, no las de la naturaleza de Dios. El carácter impulsivo es un rasgo de la naturaleza humana, y el Señor siempre la ignora porque obstaculiza el desarrollo de la vida del discípulo.
Ser impulsivo es una actitud aceptable en un niño, pero desastrosa en un adulto; un adulto impulsivo revela inmadurez. El impulso ha de ser dominado y encaminado a la intuición mediante la disciplina. Cuando un discípulo del Señor da rienda suelta a la impulsividad le será muy fácil “caminar sobre el agua” pero sumamente difícil “andar por tierra seca”, comportándose como un verdadero discípulo. 
Pedro caminó sobre las aguas para ir a Jesús, pero luego, “sobre la tierra seca” le siguió de lejos (Marcos 14:54). Hemos de ser excepcionales en las cosas cotidianas de la vida diaria y santos en las calles de nuestra comunidad; entre la gente común.
Tenemos la idea innata de que hemos de realizar cosas excepcionales, grandes empresas para Dios, pero no es así necesariamente. Todo el edificio del discipulado cristiano se construye sobre la base de la gracia sobrenatural de Dios, no de nuestros impulsos.
Suyo en Cristo
J. L. Huerta
Tomado del libro devocional “En pos de lo Supremo”
Oswald Chambers, Editorial Clie. 
Usado con permiso escrito de la casa editorial