¡DIOS NO HACE ACEPCIÓN DE PERSONAS!



¡DIOS NO HACE ACEPCIÓN DE PERSONAS!
         Recientemente conversaba con mi esposa sobre la situación del país y de las consecuencias que debemos soportar. Debo confesar que mi actitud era un tanto desesperada y otro tanto mal humorada hasta que dijo unas palabras que retumbaron, no en mi cabeza, sino en todo mi ser: ¡Dios no hace acepción de personas! Sus palabras quitaron todo vestigio de desespero y mal humor, provocando vergüenza ante Dios y una actitud de arrepentimiento. “Dios no hace acepción de personas”, pensé en ello durante largo rato y esas palabras mostraban Su Gloria y mi miseria; Su Grandeza y mi pequeñez. Sé que Dios habló a mi vida y comenzó, una vez más, a tratar conmigo.
            Ahora bien, estamos acostumbrados a pensar en esa misma frase aplicándola a la oportunidad de salvación para todos. En Hechos 10:34, refiriéndose a la unción del Espíritu Santo en casa de Cornelio señala: “Entonces Pedro, abriendo la boca dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas”. Más adelante, Pablo, hablando del justo juicio de Dios para con la humanidad usa la misma expresión (Romanos 2:9 - 11). Sirva este pasaje para dar entrada al tema que quiero tratar y que surgió de aquellas palabras de mi esposa.
            A todos nos gusta recibir buenas noticias. Nos encantan las promesas bíblicas que habla de bendición, salud, prosperidad y asuntos similares y hasta existen hogares que están “tapizados” con afiches donde son mencionadas. Pero, siempre un pero, ¿podemos pensar, aunque sea por un momento, que las calamidades de la vida son permitidas por Dios a todos por igual?
          ¡Alto!, ¡Ya va! ¡No me crucifiquen aún! Permítame explicarlo a través de algunos ejemplos:
David: Pastor de ovejas, el menor de sus hermanos, no estaba obligado a ir a la guerra. Un día llega Dios a cambiarle todo y lo ungen rey, sin embargo, entre las cosas que recibe hay serias amenazas de muerte y persecución por cerca de 20 años.
Nohemí: Se va de Israel huyendo del hambre y la miseria, buscando mejores oportunidades en otro país y regresa peor de lo que se fue.
La Iglesia de Jerusalén: Comienza con gozo, todos compartían las cosas, crecían en número y termina padeciendo una gran hambruna que azotó la región.
Esteban: es uno de los escogidos para servir a las mesas en la iglesia y es el primer mártir.
Pablo: Llamado a predicar y servir al Señor y su trabajo estuvo asediado por problemas de toda índole.
Usted, yo: Hablemos seriamente. Acérquese un poco, más; si, un poco más: ¿De verdad pensó que, por el hecho de servir a Dios, ir a la congregación, ofrendamos, etc., seríamos librados de las aflicciones de la vida? ¿En qué pensamos al creer que solo nos sucederán cosas buenas y a nuestro favor? ¿Eso no haría a injusto a Dios, el cual no hace acepción de personas?
            Si retomamos a los personajes que citamos, no encontraremos a un David diciendo: “Aunque ande en valle de sombra de muerte no temeré mal alguno…” (Salmo23). Él no dice que nunca estaría en una situación semejante, sino que no temería porque Dios le daba aliento. A Nohemí, reconociendo que, a pesar de todas sus calamidades, Jehová tuvo misericordia con ella y su nuera: “Bendito de Jehová, pues no ha negado a los vivos la benevolencia que tuvo para con los que han muerto.” (Rut 3: 20). ¿Qué decir de Esteban? Mientras era apedreado vio a “Jesús sentado a la diestra del Padre”.  Él no se quejaba ni protestaba. En medio del sufrimiento decía: “Señor Jesús recibe mi espíritu.” Pablo, hablemos de Pablo; mejor aún, dejemos que sea él mismo que nos cuente todo lo sufrido: “En trabajos, más abundantemente; en azotes, sin números, en cárceles, más; en peligros de muerte, muchas veces. De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he sido náufrago en alta mar; en caminos, muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos, en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y desnudez.” (2da. Corintios 11: 23b – 27).
            Ante este gran repertorio de calamidades, podríamos pensar en un Pablo amargado y resentido por servir a Dios. Sin embargo, nos encontramos a un hombre que dice: “Sé vivir humildemente y sé tener en abundancia, EN TODO Y POR TODO(+) estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener en abundancia como padecer necesidad. TODO LO PUEDO EN CRISTO QUE ME FORTALECE(+). (Efesios 4:12 – 13) (+)énfasis propio.

Continuará...