CONVERSANDO CON UN CONOCIDO



Conversando con un conocido


Recientemente me encontraba en uno de estos lugares donde la paciencia del venezolano se pone a prueba. Para calmar la ansiedad ocasionada por la espera comencé a leer y, en medio de la lectura, comencé a escuchar a alguien que hablaba; mejor dicho, alguien que pensaba en voz alta. Como buen venezolano entablé una conversación inmediatamente. Para mi agrado, resultó ser un creyente del mismo Dios Todopoderoso en quien creo.
            En medio de aquella calurosa tarde, con sed y cansancio por las horas que tenía en el mismo sitio, aunado al sentimiento de indignación al ver como otros se aprovechaban de los demás, tocamos el tema de que nosotros, como hijos de Dios, nos viéramos sometidos a esos sufrimientos.
Era verdaderamente indignante ver como otras personas no respetaban el sacrificio y esfuerzo de aquellos que tenía más tiempo en aquel lugar y habían llegado primero. No importaba edad, genero, condición de salud; para ellos nadie era más importante que sí mismos. Incluso, llegamos a ver a una persona repartiendo dinero a un grupo de ellos para que compraran varias veces y en cantidades mayores a los establecidos para cada persona. La verdad, una verdadera injusticia y abuso.
            Fue en ese instante, después de un fuerte y profundo suspiro; suspiro que no puede interpretar, ya que era una mezcla de resignación, de alegría y agradecimiento. Fue después de ese suspiro (el del amigo) que comenzó la conversación. Estas fueron sus palabras:
            Chico – me dice – viendo las cosas por la que estamos pasando todos, incluidos los cristianos, me doy cuenta, al menos ahora, que Dios es bueno con su pueblo, con los de corazón puro.
            ¿Por qué lo dice? – pregunté.
            Fíjatedice – hace poco me vi fuertemente confrontado con una situación similar a la de hoy, pero de una magnitud mayor. Me enfurecí mucho, mi corazón se resintió. La ecuanimidad, paciencia y tranquilidad que hasta ese momento conservé casi la pierdo. Casi que “caigo” en la misma injusticia que estaba viendo.
            Impresionado por sus palabras le pregunto: Amigo ¿por qué dice eso? Así sería la cosa que vio.
            Imagínese – respondió – me mordía los labios de la rabia y la impotencia. Incluso llegué a sentir envidia de aquellos que con su orgullo y soberbia se “pavoneaban” delante de los demás. Entraban y salían como si estuvieran en su casa. Se veían tranquilos de conciencia a pesar de la maldad que hacía.
            Seca su frente con un pequeño trozo de paño y continúa diciendo: Comencé a pensar en los responsables de aquella situación y recordaba como aparecen ante la opinión pública. Pareciera como si ellos no tuvieran problemas, tienen el cuerpo tan sano y tan fuerte. Los comparo con todos los que estamos aquí y parece que no tienen dificultades como todos los demás.
            Interrumpe su conversación para avanzar unos pocos pasos y colocarnos bajo una pequeña sombra que comienza a aparecer, producto de las horas de la tarde que ya se hacen latentes. Le sigo hasta detenernos e intrigado por la historia le pregunto ¿dónde estábamos?
            ¡Ah, sí! responde – Lucen muy orgullosos, como quien lleva un collar de piedras preciosas.  
Inclina su rostro con un movimiento horizontal de la cabeza y continúa su tertulia: estos gordos ricachones tienen todo lo que su corazón desea. Se burlan de los menos afortunados y hablan solamente de sus maldades.
            Le interrumpo para afirmar que es verdad, que así actúan ellos; sin remordimiento de conciencia y que menos mal hay un Dios que mira hacia abajo.
Ante mi comentario, levanta su mirada, me mira absorto, como tratando de asimilar mis palabras y responde: Se jactan contra los cielos mismos y su manera de hablar es conocida por todo el mundo. Las personas como nosotros se desaniman y se confunden al oírlos hablar.
Mira al cielo fijamente hacia algún punto en aquella bastedad azul que todo lo cubre. Coloca sus manos sobre su rostro y seca una pequeña lágrima y se pregunta: ¿Y qué sabe Dios? ¿Acaso el Altísimo sabe lo que está pasando?

            En ese momento se oye un alboroto en las cercanías del local; resulta que ser un nuevo grupo de irrespetuosos que se confabulan para lograr pasar, literalmente, por encima de los demás.
Al ver esto señala: mire a esos perversos, disfrutan de una vida fácil mientras sus riquezas se multiplican.
Para ese momento, dos lágrimas han surcado su rostro. Un rostro que se muestra molesto, desesperado por tantas cosas. Un rostro que no habla pero que dice, a “gritos”, mucho del corazón del aquel hombre. Coloca su mano sobre mi hombro y hace una pregunta que me trastoca el corazón; mi ser completo.
Me dice: ¿Conservé puro mi corazón en vano? ¿Me mantuve en inocencia sin ninguna razón?
            Justo cuando intenté decir algo, se oye un poderoso estruendo de lluvia en el cielo. Mientras pensaba en la lluvia que para colmo de males se avecinaba, mi nuevo amigo sonríe, cierra los ojos (como tratando de volver en sí) y exclama:
            Si yo realmente hubiera hablado a otros de esta manera (refiriéndose a las preguntas) habría sido un traídor y malagradecido. Le confieso – agrega – he tratado de entender por qué los malvados prosperan, ¡que tarea más difícil!
            En ese preciso instante su rostro se ilumina, tiene una expresión como quien ha recibido lo que esperaba. Una expresión de haber encontrado la pieza que faltaba en ese rompecabezas tan complicado. Por un momento llegué a pensar que aquel relámpago le había afectado, ya que su cambio fue radical. Después de tener en frente un rostro lánguido, apesadumbrado y oscuro, tengo (para mi asombro), un rostro alegre, iluminado, rejuvenecido.
Con esa euforia latente dice: Me presenté a Dios en oración, clamé a Él y por fin entendí el destino de los perversos. En verdad, los pones en un camino resbaladizo y haces que se deslicen por el precipicio hasta la ruina, al instante quedan destruidos, totalmente consumidos por los terrores. Cuando te levantes, oh Señor – continuó diciendo – te reirás de sus tontas ideas como uno que se ríe por la mañana de lo que soñó en la noche.
Vuelve a mirarme detenidamente y agrega: Allí fue cuando me di cuenta que mi corazón se había llenado de amargura y estaba destrozado por dentro. ¡Fui tan necio e ignorante!
Hace una pausa, avanza nuevamente unos cuantos metros y al detenerse continua: Le dije al Señor: debo haberte parecido un animal sin entendimiento. Sin embargo, todavía te pertenezco, me tomas de la mano derecha. Me guías con tu consejo y me conduces a un destino glorioso.
            Por sus mejillas desciende varias lágrimas, solo que ahora el motivo es diferente: Estas eran de alegría, de gozo, de agradecimiento. Sin que pudiéramos darnos cuenta y después de pasar todo el día allí, la gente comienza a retirarse. Anunciaron que toda la mercancía se había acabado; lástima – pensé – no alcanzó para todos. Muchos se marchaban malhumorados, peleaban, vociferaban epítetos contra quien se supone debe garantizar el abastecimiento. Algunas madres lloraban, otras expresaban su mayor frustración e impotencia. Todo aquello era un lastimoso cuadro de desesperación y angustia. ¿Y mi amigo? Él no. Él estaba absorto en aquellas palabras que salían del fondo de su corazón. Parecía que no estuviera en aquel lugar ni en aquella situación.
            Así, en esa actitud dijo: ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Te deseo más que cualquier cosa en la tierra. Puede fallarme la salud y debilitarse mi espíritu, pero Dios sigue siendo la fuerza de mi corazón: Él es mío para siempre. Los que lo abandonen perecerán porque tú destruyes a los que se alejan de ti.
            Su amor hacia Dios, su entrega y abandono en los brazos del Maestro era contagioso. Mi corazón palpitaba con más fuerza. La alegría y fe en Dios se incrementaba en mi ser. Podía sentir en mi alma y espíritu que el Espíritu Santo estaba en aquel lugar. Todos mis argumentos, rabia y decepción quedaron totalmente anulados. Solo había agradecimiento, gozo, un deseo incontenible de alabar a Dios, el cual es Dios en el bosque, Dios en el campo fértil; pero también lo es en el desierto.
            La fe, esa fe que no se puede explicar con palabras, sino que se expresa con hechos, me inundó. A pesar que nunca perdí la conciencia de la realidad en la que me encontraba, pude comprender e internalizar las palabras que escribió el apóstol Pablo en aquella misiva a la iglesia en Éfeso: “Estén siempre llenos de alegría en el Señor. Lo repito, ¡alégrense! Que todo el mundo vea que son considerados en todo lo que hacen. Recuerden que el Señor vuelve pronto. No se preocupen por nada, en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que Él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús” (Efesios 4:4 – 7 / NTV). Así, de esa manera vivencial, inolvidable y transformadora, fui confrontado en lo que era y creía; también fui retado a convertirme en lo que Dios quiere que sea y crea.
            El final de nuestra conversación fue magistral. Sus últimas palabras antes de marcharse fueron apoteósicas.
            En cuanto a mí – dijo – ¡que bueno es estar cerca de Dios! Hice al Señor Soberano mi refugio, y a todos les contaré las maravillas que haces.
            Lleno de gozo desbordante se despidió de mí. Al instante recordé que nunca nos presentamos e inmediatamente le pregunté: Amigo ¿cuál es su nombre?
             Me llamo ASAF.

Suyo en Cristo
J. L. Huerta

Adaptación del Salmo 73 de Asaf. Tomado de la versión Nueva Traducción Viviente. Tyndale House Publishers Fundation, 2010. Usado con permiso de Tyndale House Publishers, Inc., 351 Execute Dr. Carol Stream, Illinois. 60188. Estados Unidos de América. Todos los derechos reservados.